San Alberto Magno

San Alberto Magno 01 05 15 de noviembre: San Alberto Magno, maestro de S. Tomás de Aquino.

San Alberto Magno nos recuerda que entre ciencia y fe existe amistad, y que los hombres de ciencia pueden recorrer, mediante su vocación al estudio de la naturaleza, un auténtico y fascinante camino de santidad.

Aquí está uno de los grandes méritos de san Alberto: con rigor científico estudió las obras de Aristóteles, convencido de que todo lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las Sagradas Escrituras. En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó así a la formación de una filosofía autónoma, diferente de la teología, a la cual la une sólo la unidad de la verdad. Así nació en el siglo XIII una distinción clara entre los dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la auténtica vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad: es sobre todo la teología, definida por san Alberto “ciencia afectiva”, la que indica al hombre su llamada a la alegría eterna, una alegría que brota de la adhesión plena a la verdad.
San Alberto Magno fue capaz de comunicar estos conceptos de modo sencillo y comprensible. Auténtico hijo de santo Domingo, predicaba de buen grado al pueblo de Dios, que era conquistado por su palabra y por el ejemplo de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que nunca falten en la santa Iglesia teólogos doctos, piadosos y sabios como san Alberto Magno, y que nos ayude a cada uno de nosotros a hacer nuestra la fórmula de la santidad que él siguió en su vida: “Querer todo lo que yo quiero para la gloria de Dios, como Dios quiere para su gloria todo lo que él quiere”, es decir, conformarse siempre a la voluntad de Dios para querer y hacerlo todo sólo y siempre para su gloria.

Fuente: Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 24 de marzo de 2010

Oración en las aflicciones de esta vida

Beato Carlos y Emperatriz Zita 05 06 El Beato Emperador Carlos de Austria de rodillas junto a su esposa en una Misa de campaña en un momento trágico, durante el segundo intento de restauración de la monarquía en Hungría.

Altísimo Dios de cielos y tierra, Padre de bondad y misericordia infinita, humildemente me postro ante tu presencia divina, gimiendo bajo el peso de una gran tribulación.

Ya ves cuán grande es mi aflicción; he perdido lo que más estimaba en la tierra... me veo acosado por todas partes de infortunios y tribulaciones...
Creo, Dios mío, que nada sucede por acaso en este mundo, sino que todo viene regulado y dispuesto por tu benévola Providencia. Creo que todos estos golpes, por dolorosos que sean, vienen todos dirigidos desde lo alto para mi bien, o para que abra los ojos y ordene mi vida, o que me purifique de mis culpas pasadas en este purgatorio lento, o para que mejor te ayude en la obra de la Redención realizada por tu Hijo con el derramamiento de su Sangre, o para que sobrellevando esta prueba como venida de tu mano me labre una corona de gloria inmortal.
Justo será, pues, que me resigne: Tú solo conoces lo que más me conviene, yo no. Siendo Tú, por otra parte, omnipotente, y amándome con un cariño infinitamente más delicado que el de la madre más amorosa, no dudo que esta adversidad es lo que en este momento más me conviene.
Así lo creo, Señor, y por más que la naturaleza lo sienta y apetezca lo que quizás no le conviene, me someto decididamente a tu santísima voluntad. Por dura y pesada que ahora me parezca, beso y bendigo tu Mano paternal, no menos justa cuando castiga que cuando premia, no menos amorosa cuando atribula que cuando halaga, no menos sabia cuando permite que cuando manda, no menos solícita de mi bien cuando me abate que cuando me levanta. ¡Cuántos que con la prosperidad se perdieron, se salvaron en la adversidad! Hágase, pues, Señor, en mí según tu santa voluntad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

Una nueva forma de festejar el mes de María: con espíritu de reparación

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¿Quién podría decir que -en general- la Santísima Virgen está contenta con la actual actitud de los hombres? Sería, pues, muy oportuno aprovechar este mes, todo él dedicado a Nuestra Señora, para enfocarlo y vivirlo como un acto de reparación.

Como todos saben, el mes de María es eminentemente festivo. Naturalmente nuestro espíritu se vuelve a festejar a Nuestra Señora durante todos los días del mes. Sucede, sin embargo, que existe un principio de sentido común por el cual no se festeja a una persona que está pasando por un pesar muy grande. Por ejemplo, a una madre que tiene a su hijo muy enfermo, no se va, durante la enfermedad del hijo, a hacerle una fiesta de aniversario. Porque su ánimo no está para eso.
Entonces, ésta es una ocasión para testimoniarle a Ella veneración, cariño, etc., pero manifestarlo de otra manera, es decir, solidarizándose con su dolor. Decirle dos cosas: "Yo me acuerdo que es tu aniversario. Esta fecha despierta en mí buenas disposiciones, pero considerando tu estado, tu situación, quería decirte también cuánto me pesa verte pasar por esta prueba difícil, y hago votos para que tu hijo se mejore". Es lo que cualquier persona sensata diría.

Bien eso es lo que nosotros también debemos decir a Nuestra Señora. Debemos decir que nos acordamos de todas las razones perennes de alegría que Ella significa para todos los católicos, en todas las circunstancias. Nuestra Señora es de tal manera causa nostrae laetitiae, causa de nuestra alegría, como se dice en las letanías Lauretanas, que significó una alegría para nosotros, incluso en la más triste de las situaciones, que fue cuando Nuestro Señor Jesucristo murió. Hasta en esa ocasión, su presencia era un elemento de alegría y de satisfacción para nosotros.
Por otro lado, hay que comprender que una actitud de mera conmemoración festiva no es oportuna, y que nosotros debemos unir al recuerdo de toda la alegría que Ella nos da, la consideración de toda la tristeza que Ella tiene en las circunstancias actuales, y tener en vista esa tristeza. Tener muy presentes y actuales las razones de su tristeza, por tantas ofensas contra Ella, contra su Divino Hijo y contra la Santa Iglesia que vemos cotidianamente en esta sociedad que cada día se vuelve más contra Dios y contra su Ley. Y si, viendo todos estos crímenes, mi indignación fuese pequeña, no se podrá sino concluir que la causa es que mi amor es pequeño. Se podría decir que la actitud que tenemos en relación a los enemigos de la Iglesia y de la Civilización Cristiana es el termómetro de nuestro amor a la Iglesia y a Nuestra Señora.

Quizá esas consideraciones nos hagan ver que nuestro amor es débil, escaso, pequeño... Ese será un buen motivo para pedirle a Ella, que en este mes hace llover de modo especial gracias sobre sus hijos, que nos conceda un mayor celo en la defensa de sus intereses, frente a la obra de demolición emprendida por las fuerzas de las tinieblas, y nos dé al mismo tiempo una creciente incompatibilidad con el mal, en todas las formas que él se presente ante nosotros. Esta sería una linda suplica en todos los días de este mes dedicado a Ella.

Fuente: Adaptado de una conferencia de Plinio Corrêa de Oliveira del 1 de Mayo de 1967

Santidad conyugal - Matrimonio Casesnoves

Manuel y Adela Casesnoves 01 01 Siervos de Dios Manuel y Adela Casesnoves

El Siervo de Dios Manuel Casesnoves nació en Játiva, España, el 30 de junio de 1904. La Sierva de Dios Adela Soldevila nació también en esta ciudad el 5 de mayo de 1906. Manuel y Adela, eran vecinos y amigos, ya que desde niños iban al mismo colegio. Los dos ingresan al Bachiller en el Instituto de Játiva. La amistad entre Manuel y Adela fue creciendo y su amistad desembocó en noviazgo y posterior boda.

“Amar a Dios sobre todas las cosas” fue, desde el día de su boda, el lema de esta nueva familia cristiana, coronada con nueve hijos. Una familia donde el amor a Cristo fue el plato principal de la comida diaria. Cristo es el centro de sus vidas, el invitado principal y el amo de su casa.

En los tiempos difíciles de la persecución religiosa en España (años 1934-1939), el matrimonio sufrió al ver cómo martirizaban a muchos de sus amigos por el mero hecho de ser sacerdotes o seglares católicos. Manuel figuró en la lista de los sospechosos y a punto estuvo de morir como mártir de la fe. Providencialmente la noche en que iban a por el Siervo de Dios, en ese momento farmacéutico, uno de sus trabajadores que se enteró fue al Comité y les dijo sin contemplaciones y bien claro: “Don Manuel y doña Adela hacen mucho por los pobres y por sus trabajadores. Lo que queréis hacer es una barbaridad y estáis cometiendo un gravísimo error, por el que se os pedirá cuenta algún día”.
Le confiscaron la farmacia, desde donde ayudaba a los pobres y necesitados, y también todas sus fincas. Sin embargo, pese a la falta de medios, sacaron adelante la familia con sencillez, entereza y humildad, dando ejemplo de vida cristiana.

Terminada la Guerra Civil, Manuel y Adela tenían una enorme misión por delante: curar heridas, sembrar paz y crear un ambiente religioso por todas partes. Se iniciaba una larga temporada de escasez, no había dinero, los recursos eran muy escasos y resultaba casi imposible lograr lo necesario. El matrimonio ayudó a muchas personas a superar la dura situación de la postguerra y vivieron comprometidos con los distintos movimientos de la Iglesia: Acción Católica, Asociación Católica de Propagandistas, Adoración Nocturna, Cuarenta Horas, Cáritas, Conferencia de San Vicente. A la farmacia acudían todos a pedir medicinas y la caridad de este hombre de Dios era tan abundante que a muchísimas personas que no podían pagar les daba igualmente todo lo que necesitaban.
Manuel falleció el día 24 de mayo de 1958, festividad de María Auxiliadora, a quien él profesaba gran devoción, hasta el punto que todos los meses le rezaba la novena, y Adela el 3 de marzo de 1988.

Fuente: cf. acdp.es

Cumplimiento de nuestros deberes de estado

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La voluntad de Dios exige que cumplamos con amorosa fidelidad todos los deberes que comporta nuestro estado de vida, que por esa razón se les llama «deberes de estado».

Santa Francisca era una mujer casada que vivía en Roma en el siglo XV. Estaba persuadida de que la santidad está en el camino que nos ofrece cada una de nuestras jornadas, en que los deberes de nuestra vida cotidiana se presentan ante nosotros con desigual atractivo. Un día, mientras rezaba el Oficio de nuestra Señora, su marido la llamó para algún quehacer doméstico. Dejó la oración y acudió inmediatamente junto a su marido. Apenas vuelta a su rezo del Oficio, la volvieron a llamar; y así hasta cuatro veces seguidas. Y cada vez, con la misma prontitud, dejaba la oración, convencida de que sus deberes de esposa y de ama de casa eran más importantes que un ejercicio piadoso. Y cuando al fin pudo ponerse en oración, el versículo que tantas veces había dejado por obediencia y vuelto a tomar por devoción, lo encontró escrito en bellas letras de oro.

Me diréis: ¡una piadosa leyenda! ¿Lo creéis así? Cuántas veces nos sucede tener que dejar nuestras ocupaciones: a veces, porque llega una visita cuando estamos sumidos en un trabajo que nos absorbe; en otras ocasiones, son los niños, una tarea doméstica, nuestra vida social o las múltiples molestias cotidianas las que interfieren en nuestra actividad y la interrumpen. Y cuando por la noche volvemos la mirada hacia ese día tan fragmentado y vemos nuestros trabajos interrumpidos, nuestras ocupaciones abandonadas y nuestros proyectos echados por tierra, sentimos la tentación de entristecernos y lamentarnos del vacío y pobreza de nuestra vida. Pero si consintiésemos en admitir un sentido más exacto de la realidad, ¿no nos daríamos cuenta de que todo eso es oro puro, porque con ello estamos cumpliendo nuestro deber y, en definitiva, la voluntad de Dios sobre nosotros? Nuestra vida será tanto más rica cuanto más estrecha sea nuestra unión con la voluntad divina.
«Pensad a menudo que todo el valor de lo que hacemos está en la conformidad que tengamos con la voluntad de Dios. Si yo como o bebo porque ésa es la voluntad de Dios, le soy más agradable que si sufriera la muerte sin tener esa intención». El amor que ponemos en nuestros actos es lo que les da diferente valor, cualesquiera que sean las tareas en que nos ocupemos: «Estas tareas pueden ser, ciertamente, muy variadas, pero el amor con el que las tenemos que hacer es siempre el mismo. Solamente el amor es el que da diferente valor a nuestras acciones».

Fuente: Francisco Vidal Sánchez, En las fuentes de la alegría (Recopilación de textos de San Francisco de Sales)

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