Santa Mónica y la confianza en la providencia

Santa Monica y San Agustin 01 01 Santa Mónica y San Agustín

San Agustín destaca en sus escritos el gozo de su madre, Santa Mónica, a raíz de la conversión de aquél.

Y no era para menos: le pedía simplemente católico, y desde el momento de su conversión se le manifiesta con unos propósitos que van mucho más allá. Por lo mismo, no puede extrañar que saltara de alegría, cantase victoria y se volviese loca de contento.
Una mirada al pasado lo explica todo. Un pasado que nos habla de su heroísmo para llegar a esta meta. Que nos hace recordar su fortaleza, tenacidad y constancia. Que nos pone ante el poder de la oración y ante una tal fe religiosa que siempre la sostuvo. Un pasado que nos habla de una Mónica de tan profundas intuiciones religiosas que estaba segura de que algún día la gracia y misericordia triunfarían sobre el inquieto y desordenado corazón de su hijo. ¡Qué modelo para tantas madres ante el desánimo, desilusión o cansancio en la lucha con sus hijos!

No podemos cerrar el tema sin unas reflexiones que se desprenden de lo narrado.
Si nos detenemos en la santa, ya su matrimonio, desde una óptica meramente humana, no sólo no era aconsejable, sino que estaba ciertamente abocado a un desastre. Y de él nace Agustín.
Tanto Patricio como Mónica, convencidos pronto de las excelentes dotes intelectuales de su hijo, buscan a toda costa y con grandes sacrificios darle unos estudios en los que asiente un brillante porvenir, y lo consiguen, porque Agustín triunfó. Y esa carrera, que quedará arrinconada cuando se convierta a la fe, ya que el brillante porvenir material no le interesa, ha servido, no obstante -planes de Dios en los que nadie había pensado-, para poder enfrentarse a los maniqueos y superar otros errores que encontró en su camino, y, sobre todo, ha servido para darnos el paladín de la fe en las iglesias de África y pasar a la posteridad como el Águila de Hipona, gran doctor de la Iglesia.

La misma Mónica, en su trabajoso buscar la conversión del hijo, más de una vez pudo hacerlo por modos no acertados. Y así, entre otros casos, la vimos llorando, desconsolada, en las playas de Cartago, al no haber podido impedir la marcha de su hijo a Roma. No vio o imaginó que en ese viaje estaba su salvación. Y el mismo Agustín, al emprender el viaje, solamente era guiado por miras terrenas: buscar un campo mejor para triunfar en lo suyo. Los planes del Señor eran otros: llevarle a la meta, poniendo en su camino tantas mediaciones, entre ellas y muy tangible la de San Ambrosio, que le abrirían al encuentro de la verdad. Es la gracia, admirable en su actuación, que va empedrando todo el itinerario de Agustín.
Gracia que actuó siempre en Mónica. Y Mónica, una madre tal que fuerza a pensar y admitir que sin ella no tendríamos al Agustín del que nos gloriamos. Dios pudo lograrlo sin ella, pero no quiso hacerlo. Vemos con total claridad que quiso valerse de ella, y esto engrandece su figura y le da una talla que pocas mujeres han podido alcanzar.

Fuente: cf. Ulpiano Álvarez, Santa Mónica. Retrato de una madre.

«¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!»

Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrin Maria Cristina Mocellin y Chiara Corbella 01 01

Foto: Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrín, María Cristina Mocellin y Chiara Corbella que dieron la vida por su hijo. Haga clic en el siguiente enlace para ver un videoque reseña brevemente sus heroicas vidas: Madres heroicas

El domingo 24 de abril de 1994 en el Año de la Familia, S.S. Juan Pablo II beatificó a Gianna Beretta Molla, hoy Santa.
En la Homilía el Pontífice rindió homenaje a todas las madres valerosas, “que se dedican sin reservas a sus familias, que sufren al dar a luz a los hijos, y que después están dispuestas a afrontar cualquier sacrificio para transmitirles lo mejor que tienen”.

Juan Pablo II señaló que hoy el ambiente es hostil a la maternidad: “los modelos de civilización, promovidos por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad, en nombre del progreso y de la modernidad se presentan como superados los valores de la fidelidad, la castidad y el sacrificio, en los que se distinguen gran número de esposas y madres cristianas. A menudo, una mujer decidida a ser coherente con sus principios se siente profundamente sola, sola con su amor, que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio guía es Cristo. Una mujer que cree en Cristo encuentra un poderoso apoyo precisamente en este amor que soporta todo. Es un amor que le permite pensar que todo lo que hace por un hijo concebido, nacido, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios ¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!”.

Luego del rezo del Regina Caeli, en la Plaza de San Pero, el Santo Padre volvió a hablar de la defensa de la vida no nacida, que encomendó a la Virgen, “para que rodee con su cuidado maternal a todo ser humano amenazado en el seno materno. Es especialmente importante en estos tiempos, cuando ante la mujer se acumulan todas las amenazas contra la vida que ella está para traer al mundo”.

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