San Ignacio y el discernimiento de los espíritus

San Ignacio de Loyola 02 04

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.

Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?» Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.

Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre.
Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.

Fuente: De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Gonçalves de labios del mismo santo, Liturgia de las Horas, Oficio de lectura del día

Corazón de Jesús, tesoro de ternura

Santa Teresita 17 44

(...) Un día, mi Señor, como la Magdalena,

quise verte de cerca, y me llegué hasta ti.
Se abismó mi mirada por la inmensa llanura
a cuyo Dueño y Rey yo iba buscando.
Al ver la flor y el pájaro,
el estrellado cielo y la onda pura,
exclamé arrebatada:
«Bella naturaleza, si en ti no veo a Dios,
no serás para mí más que un sepulcro inmenso.

«Necesito encontrar
un corazón que arda en llamas de ternura,
que me preste su apoyo sin reserva,
que me ame como soy, pequeña y débil,
que todo lo ame en mí,
y que no me abandone de noche ni de día».

No he podido encontrar ninguna criatura
capaz de amarme siempre y de nunca morir.
Yo necesito a un Dios que, como yo,
se vista de mí misma y de mi pobre
naturaleza humana,
que se haga hermano mío y que pueda sufrir.

Tú me escuchaste, amado Esposo mío.
Por cautivar mi corazón, te hiciste
igual que yo, mortal,
derramaste tu sangre, ¡oh supremo misterio!,
y, por si fuera poco,
sigues viviendo en el altar por mí.
Y si el brillo no puedo contemplar de tu rostro
ni tu voz escuchar, toda dulzura,
puedo, ¡feliz de mí!,
de tu gracia vivir, y descansar yo puedo
en tu Sagrado Corazón, Dios mío.

¡Corazón de Jesús, tesoro de ternura,
tú eres mi dicha, mi única esperanza!
Tú que supiste hechizar mi tierna juventud,
quédate junto a mí hasta que llegue
la última tarde de mi día aquí.
Te entrego, mi Señor, mi vida entera,
y tú ya conoces todos mis deseos.
En tu tierna bondad, siempre infinita,
quiero perderme toda, Corazón de Jesús.

Sé que nuestras justicias y todos nuestros méritos
carecen de valor a tus divinos ojos.
Para darles un precio,
todos mis sacrificios echar quiero
en tu inefable corazón de Dios.
No encontraste a tus ángeles sin mancha.
En medio de relámpagos tú dictaste tu ley
¡Oh Corazón Sagrado, yo me escondo en tu seno
y ya no tengo miedo, mi virtud eres tú!

Para poder un día contemplarte en tu gloria,
antes hay que pasar por el fuego, lo sé.
En cuanto a mí me toca, por purgatorio escojo
tu amor consumidor, corazón de mi Dios.
Mi desterrada alma, al dejar esta vida,
quisiera hacer un acto de purísimo amor,
y luego, dirigiendo su vuelo hacia la patria,
¡entrar ya para siempre
en tu corazón...!

Fuente: Santa Teresa del Niño Jesús, Poesía 'Al Sagrado Corazón de Jesús', clerus.org

La multiplicación de los panes (II)

Multiplicacion de los panes 03 08

Antes de obrar el milagro, Jesús pregunta a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para dar de comer a éstos?», y observa el evangelista «Esto lo decía para probarle, porque Él bien sabía lo que había de hacer» (Jn 6, 5-6).

No hay circunstancia difícil en nuestra vida cuya solución Dios no conozca: desde la eternidad previó todas las situaciones posibles, aun las más complicadas, y dispuso el remedio oportuno. Sin embargo, quizás a veces nos parezca, cuando nos encontramos ante alternativas difíciles, que Dios nos deja solos, que la solución tenemos que buscárnosla nosotros; pero esto Dios lo permite solamente para probarnos. Él quiere, que al medir completamente solos nuestras fuerzas con las dificultades, nos hagamos más plenamente conscientes de nuestra impotencia e incapacidad y por otra parte nos ejercitemos en la fe y en la confianza en él. En realidad, el Señor nunca nos abandona si nosotros no le abandonamos antes, solamente se esconde, y oculta en la oscuridad su acción sobre nosotros: entonces es el momento de creer, creer fuertemente y esperar con humilde paciencia, con plena seguridad.

Los apóstoles avisan a Jesús que un muchacho tiene cinco panes y dos peces; muy poca cosa, nada para saciar el hambre de cinco mil hombres; pero el Señor pide aquella nada y se sirve de ella para obrar el gran milagro.
Siempre la misma realidad: Dios omnipotente, que todo lo puede hacer y crear de la nada, cuando se encuentra ante su criatura dotada de libertad, nunca quiere obrar sin su concurso. Es muy poco lo que el hombre puede hacer, y sin embargo, Dios quiere este poco, se lo pide, y se lo exige como condición antes de que Él intervenga.
Solamente el Señor puede santificarte, como sólo Él podía multiplicar las reducidas provisiones del muchacho del evangelio, y no obstante te pide tu cooperación. Como el muchacho del evangelio, también tú entrégale todo lo que posees, preséntale todos los días tus propósitos siempre renovados con constancia y amor y Él obrará en ti un gran milagro, el milagro de tu santificación.

¡Oh Señor! En tu bondad infinita no te olvidas de preparar también una mesa para mi cuerpo; con tu providencia lo nutres, lo vistes, lo conservas en vida, lo mismo que a los lirios del campo y a los pájaros del aire. Tú conoces mis necesidades, mis angustias, mis inquietudes por el pasado, por el presente y por el futuro, y a todo provees con amor paternal.
¡Oh Señor! ¿Por qué no confío en ti?, ¿por qué no arrojo en tus brazos todas mis preocupaciones, sabiendo que Tú puedes remediarlo todo? A ti te entrego, pues, mi vida: la vida del cuerpo, la vida terrena con todas sus necesidades, con todos sus trabajos, y la vida del espíritu con todas sus exigencias, sus ansias, con toda su hambre del infinito. Tú sólo puedes llenar la capacidad de mi corazón; Tú sólo puedes hacerme feliz; Tú sólo puedes hacer realidad mi ideal de santidad, de unión contigo.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La multiplicación de los panes (I)

Multiplicacion de los panes 02 03

¡Oh Jesús, verdadero pan de vida eterna! Sacia mi hambre.
El evangelio de este domingo (Jn 6, 1-15), nos narra la multiplicación de los panes, el gran milagro de que Jesús se sirvió para preparar a la muchedumbre a recibir el anuncio de un milagro mucho más sorprendente, la institución de la Eucaristía, donde Jesús, el Maestro, se haría nuestro pan, «pan bajado del cielo» (Jn 6, 41) para alimento de nuestras almas. He aquí el motivo de nuestra alegría; he aquí la fuente de nuestras delicias: Jesús es el pan de vida, siempre dispuesto a entregarse para saciar nuestra hambre.
Pero Jesús, aun apreciando mejor que nosotros los valores espirituales, no olvida ni desprecia las necesidades materiales del hombre. El evangelio nos lo presenta rodeado de la muchedumbre, que le había seguido para escuchar sus enseñanzas; Jesús piensa en el hambre de aquellas gentes y, para remediarla, realiza uno de los milagros más clamorosos: toma cinco panes y dos peces, los bendice, y sacia con ellos el hambre de cinco mil hombres, sobrando aún doce cestos.

Jesús sabe que el hombre, atormentado por el hambre, por las necesidades materiales, es incapaz de atender a las cosas del espíritu. La caridad nos exige esta comprensión de las necesidades materiales del prójimo, comprensión operante, que se ha de traducir en acción eficaz. «Si el hermano o la hermana están desnudos y carecen de alimento cotidiano y alguno de vosotros le dijere: id en paz... pero no les diere con qué satisfacer la necesidad de su cuerpo, ¿qué provecho les haría?» (Sant 2, 15-16). Los apóstoles propusieron al Maestro que despidiese a la multitud para que fuese a «comprar alimentos» (Mt 14, 15). Jesús no escuchó la propuesta y Él mismo quiso satisfacer la necesidad de aquella gente. Procura también tú no despachar nunca al prójimo necesitado sin haberle ayudado en lo que está de tu parte.

¡Oh Cristo Jesús, Señor mío, Hijo de Dios vivo, que sobre la Cruz con los brazos abiertos, para redimir al hombre, bebisteis el cáliz de inefables dolores! Dígnate hoy venir en mi ayuda. Heme aquí, soy pobre, me acerco a ti, que eres rico; soy miserable, me presento a ti, que eres misericordioso; que yo no me aparte de ti vacío y desilusionado. Vengo hambriento: no permitas que vuelva en ayunas; me acerco famélico: que yo no me marche sin haber sido saciado antes; satisface estas ansias ardientes que tengo de nutrirme. Sí, tengo hambre de ti, pan verdadero, pan vivo, pan de vida. Tú conoces mi hambre, hambre en el alma y en el cuerpo, por eso quisiste satisfacer a los dos. Con tu doctrina, con tu Cuerpo y con tu Sangre sacias abundantemente mi espíritu, sin límites; solamente la frialdad de mi amor, la pequeñez de mi corazón pone límites a tu bondad. Me has preparado una mesa rica y abundante sobre toda expresión: para alimentarme, solamente tengo que acercarme. Tú no solamente me admites a tu mesa sino que te haces mi alimento, mi bebida, te das todo a mí; todo en tu Divinidad y todo en tu Humanidad.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Los pecadores hallarán en mi Corazón misericordia

Jacques Fesch 01 01

Jacques Fesch y su esposa Pierrette

Jacques Fesch, francés 1930-1957, encarcelado por el asesinato precipitado de un policía luego de un intento de atraco, se arrepintió profundamente de su crimen y se convirtió en un católico piadoso durante su confinamiento de tres años y medio. Fue condenado a morir en la guillotina a la edad de veintisiete años. Mientras permanecía en prisión inició un diario espiritual dedicado a su hija Véronique.
“Rezar, rezar incesantemente, eso es lo que debo hacer. Jesús me dirige hacia Su Madre, en cuyas manos está mi salvación... La Virgen está más cerca de nuestra humanidad por las mil torturas que padeció su corazón de madre, y ahí están las pruebas palpables de su amor para recordárnoslo... Hay que rezar también al Sagrado Corazón de Jesús, que derrama sobre sus hijos el tesoro de Su amor... ¡Qué fuente de amor mana de ese Corazón que tanto ama a los hombres!

Si conocieras el don de Dios... En esas palabras parece contenerse todo el amor de Cristo, todas las promesas de una misericordia infinita y todas las gracias con las que me colma... Creo que, si llegáramos a captar la gravedad de la menor ofensa contra Su Divino Corazón, nos quedaríamos petrificados de horror y comprenderíamos mejor la grandeza de Su amor...
“Yo quiero poner mi confianza en Jesús y no hacer más que lo que Él quiere que haga... ¿qué nos pide? Que nos abandonemos a Su voluntad...”
“Acabo de leer un párrafo del mensaje de nuestra Señora de Fátima que me gusta y que no deberíamos olvidar jamás. Cuando habla con sus pequeños confidentes, María les pide que recen por la conversión de los pecadores, y que hagan sacrificios en reparación por sus culpas... las llamadas del Corazón Inmaculado a favor de los pecadores se dirigen a todos nosotros...”

Fuente: Jacques Fesch, Diario espiritual

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