Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección

Sagrado Corazon 37 70 Santos Ignacio de Loyola y Luis Gonzaga

En la lucha por la santidad hay muchas dificultades que superar, y muchos enemigos que vencer. Entonces una mirada al Corazón de Jesús, “nuevo estandarte de la victoria” (León XIII. Encíclica Annum Sacrum), y el triunfo será nuestro. Esta promesa es para los católicos fervorosos. San Ignacio dice que, aquel que está obligado a Dios por tantos beneficios, no puede contentarse con un servicio vulgar. Al menos deberíamos encontrarnos en este estado: “Quiero tener deseos de ser santo”.

Dos elementos son imprescindibles: Dios y mi esfuerzo. Sin su gracia, ni puedo desear lo bueno, ni pronunciar con provecho el nombre de Jesús. Él me dará siempre más de lo necesario: Dios no se ha agotado, ni se agotará por muchos santos que haga.
Por otra parte, nadie sabe lo que su parte estorba a lo que Dios obraría en él, si no pusiera obstáculo a la gracia, según el profundo pensamiento de San Ignacio de Loyola. Cuando yo diga a Dios la palabra “quiero”, me abrumará con su gracia.
“Todo lo que me sirva para la santificación, lo abrazaré, aunque me cueste; todo lo que me estorbe lo desecharé; todo lo que sea indiferente, lo despreciaré” (San Luis Gonzaga)

La promesa del Sagrado Corazón incluye tres elementos: los que practiquen esta devoción se elevarán a perfección grande y rápidamente.
1º Se elevarán a perfección. Esta perfección comprende a todo hombre y en toda su vida sobrenatural. Perfección de la mente con toda sabiduría y dones del Espíritu Santo; del corazón, dándole la perfección en el amor hasta hacerlo capaz del sacrificio; y de la voluntad, en la práctica de los mandamientos y consejos.
2º Perfección grande. En esta devoción lo primero es el acrecentamiento de la virtud de la caridad, la cual, enseña Santo Tomás, da su forma y perfección a todas las virtudes, ordenándolas a su último fin. Pío XII decía que es la síntesis de toda religión y la norma de vida más perfecta, porque como afirmaba Pío XI, esta devoción “lleva los entendimientos con mayor facilidad al conocimiento completo de Cristo Nuestro Señor, e inclina las voluntades eficazmente a amarle con más ardor y a imitarle más cerca.” (Miserentissimus Redemptor)
3º Perfección rápida. Por el camino común el trabajo de purificación interior se duplica y es mucho más fatigoso y lento. Pero el Corazón de Jesús es el árbitro de la gracia, puede abreviar la obra de nuestra santificación. “Les dará la perfección pronto”. Abracémosla con ahínco, lectores amigos, y practiquemos con entusiasmo la devoción al Sagrado Corazón, porque es el Camino más abreviado, para conseguir la perfección.

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin SJ, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad

Sagrado Corazon 36 69

Recordemos cuando Jesús se acercó a la pequeña ciudad de Samaría, llamada Sicar, donde se encontraba una fuente que se remontaba a los tiempos del Patriarca Jacob.

En aquel lugar encontró a una samaritana que se acercaba para sacar agua de la fuente. Él le dice: «Dame de beber». La mujer responde: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?».
Entonces Jesús replicó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva».
Y continuó: «El agua que yo te dé se hará en ti fuente que salte hasta la vida eterna» (cf. Jn 4, 5-14).
¡Fuente! ¡Fuente de vida y de santidad!
En otra ocasión, en el último día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, Jesús ―como escribe también el Evangelista Juan― «gritó, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno”.» El Evangelista añade: «Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él» (Jn 7, 37-39).

Todos deseamos acercarnos a esta fuente de agua viva. Todos deseamos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y de santidad.
En Él nos ha sido dado el Espíritu Santo, que se da constantemente a todos aquellos que con adoración y amor se acercan a Cristo, a su Corazón.
Acercarse a la fuente quiere decir alcanzar el principio. No hay en el mundo creado otro lugar del cual pueda brotar la santidad para la vida humana, fuera de este Corazón, que ha amado tanto. “Ríos de agua viva” han manado de tantos corazones... y ¡manan todavía! De ello dan testimonio los Santos de todos los tiempos.
Te pedimos, Madre de Cristo, que seas nuestra Guía al Corazón de tu Hijo. Te pedimos que nos acerques a Él y nos enseñes a vivir en intimidad con este Corazón, que es fuente de vida y de santidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 10 de agosto de 1986

Vivir con Jesús en su Corazón

Herman Wijns 01 01 Siervo de Dios Herman Wijns

El Siervo de Dios Herman Wijns nació el 15 de marzo de 1931 en Merksen, Bélgica. De sus padres aprendió a rezar cada día, por la mañana y por la noche, a participar en la Santa Misa los domingos y a querer bien a todos. Creció convirtiéndose en un amigo de Jesús. Un día, al volver a casa después de sus juegos, encontró a su padre rezando a la Virgen con el rosario. -"Quiero rezar también contigo", -le dice.

Apenas tiene cinco años, pero es muy inteligente. Sus padres lo inscriben en una escuela regida por buenos religiosos. Cada trimestre las notas son mejores. En el colegio, Herman se apasiona por todo, pero especialmente en conocer más y mejor al Señor, cultivando una cada vez más estrecha amistad con Él.
Es el primero de la clase, pero está siempre pronto a ayudar a todos. Acepta con gusto los pequeños sacrificios del estudio, de la disciplina, del respeto a los demás.

En su parroquia, en la primavera de 1937 empieza a asistir al catecismo para prepararse a la 1ª Comunión. Tiene sólo seis años pero insiste a sus padres y al párroco: "Quiero prepararme también, quiero recibir este año la Primera Comunión". El 14 de julio de 1937 realiza su gran sueño: recibe a Jesús Eucaristía por vez primera. Desde aquel momento asistirá a Misa cada día, siempre con la Comunión, acompañado de una confesión frecuentísima, de la oración y de un intenso compromiso de vida cristiana.
Por la tarde regresaba rápidamente a la iglesia, para agradecer a Jesús por haberlo recibido en su corazón por la mañana, y prometerle que viviría "con Él en su Corazón".
Un día su padre le pregunta: "¿Qué quieres ser de mayor?" La respuesta no se deja esperar: "Primero aprenderé a servir en la Misa, después me haré sacerdote". Le responde el padre: "Tienes que prepararte siendo cada día mejor, ofreciendo a Dios tus sacrificios".

Mientras tanto llega una gran desgracia a la familia: el señor Wijns pierde el trabajo. Herman, a la salida del colegio, gana un dinerillo haciendo pequeños recados, contento de poder ayudar en casa.
Continúa fiel a su programa: Oración y penitencia. Se levanta prontísimo, a las cinco de la mañana, corre hacia la iglesia, desgrana su primer rosario, asiste a Misa. Después de comer, el segundo rosario; por la noche, el tercero. Y es solo un niño de 9 años. Con una grandísima fe decide resolver él la triste situación. Empieza una novena a la Virgen, después una segunda, y una tercera... hasta veinticinco novenas. En el último día, después de 25 novenas, su papá encuentra trabajo en el Ministerio. Comenta Herman: "¿Veis cómo cuando se persevera en la oración uno consigue todo de Dios?"

El 24 de mayo de 1941 encuentra por la calle un crucifijo, lo lleva a casa, lo limpia, lo besa, lo cuelga en su habitación diciendo: "Tengo que ofrecerle la vida en reparación por los pecados del mundo, por los llamados al sacerdocio." Al atardecer, jugando con sus amigos, cae y queda herido gravemente en una pierna, perdiendo mucha sangre. En el hospital sufre dos intervenciones muy dolorosas. El 26 de mayo, plenamente consciente, se confiesa, recibe a Jesús Eucaristía en el Viático, y la Extremaunción.
Está tranquilo, con una grande alegría en su rostro, como quien va a una fiesta largamente esperada. El sacerdote que lo asistió le oyó murmurar: "In saecula saeculorum. Amen".
"Papá, mamá, voy a Jesús. Me quedaré con él para siempre". Al instante partía para ver a Dios. Su causa de beatificación fue iniciada en su diócesis natal, en Bélgica.

Fuente: cf. santiebeati.it

Grábame como un sello sobre tu Corazón

Sagrado Corazon 35 67

Visitando San Luis IX de Francia las plazas fuertes de su reino, llegó un día a Dornix, fortaleza de Flandes, donde los habitantes le habían preparado un curioso recibimiento. Habían escogido a la joven más agraciada del pueblo y, vestida de gala y con un precioso estuche en la mano, la enviaron al encuentro de su Majestad, en nombre de la población entera. El rey la recibió con singulares muestras de agrado, abrió con curiosidad el estuche y ¡cuál no sería su sorpresa! al encontrar en él un corazón de oro, en el que iba incrustado un hermosísimo lirio, formado con riquísimos diamantes, en cuyos pétalos había grabada esta preciosa leyenda: «Así ama el pueblo a su rey y lo encierra en su corazón». Conmovido el soberano por tan delicadísima muestra de amor, apretó el corazón de oro contra su corazón real, exclamando: “Y así ama y encierra el rey a su pueblo en su corazón”.

Bellísima representación del amor de un Rey a sus vasallos, sólo superado por el amor del Corazón de Jesús a sus apóstoles. Dice Santa Margarita: “Me parece que me ha hecho ver (el Señor) que muchos estaban allí escritos (en su Corazón) a causa del deseo que tienen de hacerle honrar, y que por eso no permitirá jamás que sean borrados”. El Beato Bernardo de Hoyos, primer propagador de esta devoción en España, se consagraba al Sagrado Corazón de Jesús el 12 de junio de 1733, primer viernes después de la octava del Corpus, con la devota fórmula del P. Claudio de la Colombière, en la Iglesia de San Ambrosio de Valladolid, ante Jesús Sacramentado, y firmaba después la consagración con estas palabras: “El amado y amantísimo discípulo del Sacratísimo Corazón de Jesús, Bernardo Francisco de Hoyos”.Dice que al firmar “conocí por un modo suavísimo, no tanto de visión cuanto de tacto o experiencia palpable, que Jesús escribía mi nombre en su Corazón”.
Si interpretamos estas palabras en el sentido del lenguaje humano, quiere decir que Jesucristo promete una amistad entrañable y eterna. Y, si se interpretan en el lenguaje divino de las Sagradas Escrituras, hemos de deducir la misma conclusión. La Sagrada Escritura nos habla de un libro, que llama “de la vida”. Libro, donde están escritos los nombres de los predestinados. Y ¿qué libro es ése? “Mi Corazón es el Libro de la Vida”, dijo a Santa Margarita Nuestro Señor, que en su vida mortal había asegurado: “Yo soy la vida”.

La sociedad perpetúa la memoria de sus grandes bienhechores, poniendo sus nombres en monumentos, estatuas... Jesucristo no es menos agradecido y quiere recompensar a los que le ayudan en propagar su reinado de amor por el mundo. Él no promete escribirlos en mármol, o en bronce: los grabará en su propio Corazón. Llevar a una persona en el corazón es la mayor prueba de cariño. Sentirse amado por otra persona produce satisfacción muy honda. No sólo nos asegura Jesucristo que escribirá en su Corazón el nombre de sus apóstoles, sino que se realza la promesa con la indelebilidad.

El corazón de los hombres es voluble y lo que escribe en él es inestable. Es como la arena de la playa. Escribes un nombre en la arena y qué poco dura. Una racha de viento, unas gotas de agua bastan para borrarlo. Así es el corazón humano. Se escribe en él un nombre, y pronto desaparece. Las gotitas de agua de un disgusto bastan para hacer deshacer la amistad, que se creía eterna. El viento frío de una separación, un poco prolongada, apaga la llama del amor. Mal libro es el corazón humano, para conservar los nombres escritos en él. Pero el Corazón de Jesús es todo lo contrario. Los nombres que Jesucristo escribe en su Corazón, ahí quedan para la eternidad, si el hombre no se empeña en borrarlo. ¡Jesús haz que yo cuide de Ti, y de tus cosas, para que Tú cuides de mí y de las mías; y escribe mi nombre en tu Corazón Divino!

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin S.J, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Oración al Divino Corazón por las almas del purgatorio

Sagrado Corazon 34 66

Oh Dios de todo consuelo, Dios Redentor y Salvador, autor y consumador de la fe, que os mueva a piedad y misericordia el estado de las almas que veis sufriendo en el purgatorio: son el precio de vuestra Sangre. Abridles vuestro piadosísimo Corazón; oíd sus gemidos y concededles el librarse de sus penas y la felicidad de ir a glorificaros en el cielo. Dejaos mover por consideración de la fidelidad con que os han servido en la vida y olvidad las faltas que la fragilidad humana les hizo cometer.

Sacadlas, por la bondad de vuestro misericordioso Corazón y por la intercesión y méritos del dulcísimo Corazón Inmaculado de vuestra Madre, María Santísima, de aquel lugar de pruebas para hacerlas entrar en la morada de la luz y de la paz.
Oíd, Corazón adorable, la humilde súplica que os hago, y conceded esta gracia a aquellas almas por las que debo especialmente pediros. Padre celestial os lo pido por los infinitos méritos del Corazón de Aquel que se encargó de satisfacer por todos nosotros, y que, siendo vuestro Hijo Unigénito, vive contigo y con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Divino Corazón de Jesús, convertid a los pecadores, salvad a los moribundos y liberad a las benditas almas del purgatorio.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

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