Mi Corazón se conmueve dentro de mí

Sagrado Corazon 30 62

El sacerdote tiene debilidades, es hombre. Arrojemos un velo sobre las humanas miserias, elevémonos más. Veamos las grandezas divinas ocultas en la bajeza y la nada, veamos la acción de Jesús oculta entre las sombras humanas. Y aunque la decadencia sea total, respetemos todavía al sacerdote. ¿Es una ruina? Lloremos sobre esos restos dispersos, lloremos sobre ese templo que Dios se había reservado para morada, sobre ese templo consagrado por una unción sagrada y que ahora, profanado y abatido, sirve de refugio a las fieras. Lloremos y recemos...

“Oh, Jesús, Pontífice Eterno, Divino Sacrificador, Tú que en un arranque incomparable de amor por los hombres, tus hermanos, has hecho brotar de tu Sagrado Corazón el Sacerdocio cristiano, dígnate continuar derramando en tus Sacerdotes las ondas vivificantes de tu Amor Infinito. Vive en ellos, transfórmales en Ti, hazlos por medio de tu Gracia instrumentos de tu Misericordia; obra en ellos y por ellos haz que después de ser revestidos de Ti, por medio de la fiel imitación de tus adorables virtudes, hagan en tu nombre y por la fuerza de tu Espíritu, las obras que has realizado Tú mismo por la salvación del mundo.
Oh, Divino Redentor de las almas, mira cuán grande es la multitud de los que duermen todavía en las tinieblas del error; cuenta el número de aquellas ovejas infieles que caminan por el borde del precipicio; considera la multitud de pobres, de hambrientos, de ignorantes y de débiles que gimen en el abandono. Vuelve a nosotros por medio de tus Sacerdotes; vive, oh buen Jesús, en ellos, obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo enseñando, perdonando, consolando, sacrificando, reanudando los sagrados vínculos de amor entre el Corazón de Dios y el corazón del hombre. Amén.”

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, El Sagrado Corazón y el Sacerdocio

Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones endurecidos

Santa Misa 05 06

Promesa magnífica, que llena todas las aspiraciones de un apóstol, que alcanza hasta los últimos y más irreductibles baluartes de los dominios del pecado. Tocar, convertir los corazones endurecidos es la victoria más espléndida que se puede soñar. Ni el oro, ni la espada, ni la palabra del hombre. Y lo consigue en un instante la gracia de Dios, por medio de las almas poseídas de una tierna devoción al Corazón de Jesús. Ahora dejemos hablar a un pecador convertido:

“La víspera de mi primera comunión prometí solemnemente a Jesús amarle siempre... Más ¡ay! Fui víctima de esas plagas terribles, que a tantos hacen perder en nuestros días la virtud y el honor: las malas compañías y las lecturas peligrosas. A los veinte años era el primer libertino de mi ciudad. Treinta años seguidos añadí heridas sobre heridas. Por acaso acerté a pasar por Paray-Le-Monial. La ciudad estaba de fiesta. Sorprendido, me acerqué a una mujercita y le pregunté: -¿Qué es lo que pasa?
-¿Cómo? ¿No lo sabe Ud.? Pues es la gran peregrinación.
-¿Para qué?
-Para honrar al Corazón de Jesús.
-¿El Corazón de Jesús? ¿Dónde está? ¿Se puede ver?
-No se le puede ver; pero este Sagrado Corazón se manifestó a una religiosa de la Visitación, a Santa Margarita María, y le recomendó que trabajase, para que fuese honrado por todos los hombres.

Y, siguiendo las indicaciones de aquella buena mujer, me dirigí hacia aquel célebre santuario. Llegué a la Visitación, quise entrar en la capilla, pero estaba repleta de gente. Esperando a que la muchedumbre se dispersase, miraba en torno mío. ¿En qué pensaba? Yo mismo no lo sé. Mis miradas se fijaron con curiosidad en unas franjas de tela blanca, sobre las cuales resplandecían en rojo unas inscripciones. Leí: “Promesas de Ntro. Señor a Santa Margarita María”. Fui recorriendo, una por una, todas las inscripciones; muchas frases me parecían faltas de sentido; eran para mí un enigma aquellas palabras: “Gracia..., favor..., misericordia..., tibieza..., perfección...; Mas una línea hirió de pronto mi corazón: “Daré a los sacerdotes el poder de mover los corazones más empedernidos”. Revolvióse en el acto toda impiedad, que bullía en mi alma. Mover los corazones endurecidos... ¡Así está escrito... Pues bien: veremos si es verdad. ¿Por qué no hacer la prueba? Llamaré a un sacerdote. ¿Qué palabras dirá tan inspiradas, que puedan conmover a un corazón como el mío? Y me mofaba tocándome el pecho.

En aquel momento pasó junto a mí una religiosa, y volviéndome a ella bruscamente, le dije: “Querría hablar con un sacerdote de Paray-LeMonial”. Ella me introdujo en una pequeña habitación. De pronto entró un sacerdote. Nos encontramos frente a frente. Pasaron algunos segundos... El me miraba, esperando que le hablase. Yo no tenía en mi alma más que impiedad y sarcasmo, y, con todo, experimentaba un estremecimiento pasajero. El sacerdote salió a mi encuentro: “Y bien, ¿qué es lo que desea, amigo mío?” ¡Amigo suyo! ¡Ah!, usted no me conoce. Yo no tengo fe. Yo no creo una palabra de todo cuanto ustedes dicen y escriben. Llámeme usted excomulgado, impío, infiel, lo que quiera; pero amigo... eso a otro. Así continué hablando un rato. La frase, que leí sobre la blanca tela, estaba clavada en mi mente con esta irónica pregunta: “¿Qué me dirá?”. El sacerdote estaba pálido. Con todo, ningún gesto de indignación se le escapó. Yo me reía... Él lo veía bien, pero no entendía las señales de cabeza, que acogían todas sus preguntas y que querían decir: “Y a mí, ¿qué?”. Era vencedor... Triunfaba... Estaba a punto de estallar en una carcajada y confesarle llanamente toda la verdad, cuando de pronto ¡ah!, tiemblo al recordarlo.
Amigo mío -me dice- ¿vive la madre de Ud.?

¡Qué emoción tan intensa la que sufrí en aquel momento! Aquí me esperaba el Sagrado Corazón. Algunas lágrimas brotaron de mis ojos; estaba temblando. ¡Mi madre! ¡Las palabras de mi madre! ¡Oh, sí!, ¡es verdad! ¡El Sagrado Corazón de Jesús! Quisiera tener delante aquella imagen ante la cual me arrodillaba con mi madre, de niño. Volver a leer aquellas líneas, que me escribió con mano temblorosa, y a las cuales ¡desgraciado de mí!, jamás había prestado atención: “Hijo mío, te escribo desde mi lecho de agonía. Muero de los disgustos que me has causado; pero no te maldigo, porque he esperado siempre que el Corazón de Jesús te convierta”. Entré en el Santuario del Sagrado Corazón para arrodillarme ante un confesionario... Pocos días después me acerqué a la Sagrada Mesa”.
Sacerdotes, amad al Sagrado Corazón y convertiréis muchas almas.

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin S.J, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Corazón de Jesús, tesoro de ternura

Santa Teresita 17 44

(...) Un día, mi Señor, como la Magdalena,

quise verte de cerca, y me llegué hasta ti.
Se abismó mi mirada por la inmensa llanura
a cuyo Dueño y Rey yo iba buscando.
Al ver la flor y el pájaro,
el estrellado cielo y la onda pura,
exclamé arrebatada:
«Bella naturaleza, si en ti no veo a Dios,
no serás para mí más que un sepulcro inmenso.

«Necesito encontrar
un corazón que arda en llamas de ternura,
que me preste su apoyo sin reserva,
que me ame como soy, pequeña y débil,
que todo lo ame en mí,
y que no me abandone de noche ni de día».

No he podido encontrar ninguna criatura
capaz de amarme siempre y de nunca morir.
Yo necesito a un Dios que, como yo,
se vista de mí misma y de mi pobre
naturaleza humana,
que se haga hermano mío y que pueda sufrir.

Tú me escuchaste, amado Esposo mío.
Por cautivar mi corazón, te hiciste
igual que yo, mortal,
derramaste tu sangre, ¡oh supremo misterio!,
y, por si fuera poco,
sigues viviendo en el altar por mí.
Y si el brillo no puedo contemplar de tu rostro
ni tu voz escuchar, toda dulzura,
puedo, ¡feliz de mí!,
de tu gracia vivir, y descansar yo puedo
en tu Sagrado Corazón, Dios mío.

¡Corazón de Jesús, tesoro de ternura,
tú eres mi dicha, mi única esperanza!
Tú que supiste hechizar mi tierna juventud,
quédate junto a mí hasta que llegue
la última tarde de mi día aquí.
Te entrego, mi Señor, mi vida entera,
y tú ya conoces todos mis deseos.
En tu tierna bondad, siempre infinita,
quiero perderme toda, Corazón de Jesús.

Sé que nuestras justicias y todos nuestros méritos
carecen de valor a tus divinos ojos.
Para darles un precio,
todos mis sacrificios echar quiero
en tu inefable corazón de Dios.
No encontraste a tus ángeles sin mancha.
En medio de relámpagos tú dictaste tu ley
¡Oh Corazón Sagrado, yo me escondo en tu seno
y ya no tengo miedo, mi virtud eres tú!

Para poder un día contemplarte en tu gloria,
antes hay que pasar por el fuego, lo sé.
En cuanto a mí me toca, por purgatorio escojo
tu amor consumidor, corazón de mi Dios.
Mi desterrada alma, al dejar esta vida,
quisiera hacer un acto de purísimo amor,
y luego, dirigiendo su vuelo hacia la patria,
¡entrar ya para siempre
en tu corazón...!

Fuente: Santa Teresa del Niño Jesús, Poesía 'Al Sagrado Corazón de Jesús', clerus.org

Los pecadores hallarán en mi Corazón misericordia

Jacques Fesch 01 01

Jacques Fesch y su esposa Pierrette

Jacques Fesch, francés 1930-1957, encarcelado por el asesinato precipitado de un policía luego de un intento de atraco, se arrepintió profundamente de su crimen y se convirtió en un católico piadoso durante su confinamiento de tres años y medio. Fue condenado a morir en la guillotina a la edad de veintisiete años. Mientras permanecía en prisión inició un diario espiritual dedicado a su hija Véronique.
“Rezar, rezar incesantemente, eso es lo que debo hacer. Jesús me dirige hacia Su Madre, en cuyas manos está mi salvación... La Virgen está más cerca de nuestra humanidad por las mil torturas que padeció su corazón de madre, y ahí están las pruebas palpables de su amor para recordárnoslo... Hay que rezar también al Sagrado Corazón de Jesús, que derrama sobre sus hijos el tesoro de Su amor... ¡Qué fuente de amor mana de ese Corazón que tanto ama a los hombres!

Si conocieras el don de Dios... En esas palabras parece contenerse todo el amor de Cristo, todas las promesas de una misericordia infinita y todas las gracias con las que me colma... Creo que, si llegáramos a captar la gravedad de la menor ofensa contra Su Divino Corazón, nos quedaríamos petrificados de horror y comprenderíamos mejor la grandeza de Su amor...
“Yo quiero poner mi confianza en Jesús y no hacer más que lo que Él quiere que haga... ¿qué nos pide? Que nos abandonemos a Su voluntad...”
“Acabo de leer un párrafo del mensaje de nuestra Señora de Fátima que me gusta y que no deberíamos olvidar jamás. Cuando habla con sus pequeños confidentes, María les pide que recen por la conversión de los pecadores, y que hagan sacrificios en reparación por sus culpas... las llamadas del Corazón Inmaculado a favor de los pecadores se dirigen a todos nosotros...”

Fuente: Jacques Fesch, Diario espiritual

Corazón Santo, tú reinarás

Sagrado Corazon 29 57

Mirad: la infinita Majestad de Dios se oculta en el Corazón humano del Hijo de María. Este Corazón es nuestra Alianza.
Este Corazón es la máxima cercanía de Dios con relación a los corazones humanos y a la historia humana.
Este Corazón es la maravillosa “Condescendencia” de Dios: el Corazón humano que late con la vida divina: la vida divina que late en el corazón humano.

En la Santísima Eucaristía descubrimos con el “sentido de la fe” el mismo Corazón, el Corazón de Majestad infinita, que continúa latiendo con el amor humano de Cristo, Dios-Hombre.
¡Cuán profundamente sintió este amor el Santo Papa Pío X! ¡Cuánto deseó que todos los cristianos, desde los años de la infancia, se acercasen a la Eucaristía, recibiendo la santa comunión, para que se unieran a este Corazón que es, al mismo tiempo, para cada uno de los hombres “Casa de Dios y Puerta del Cielo”!
“Casa”: mediante la comunión eucarística el Corazón de Jesús extiende su morada a cada uno de los corazones humanos.

“Puerta” , porque en cada uno de estos corazones humanos Él abre la perspectiva de la eterna unión con la Santísima Trinidad.

En este mundo Cristo es Rey de los corazones. Nunca quiso ser soberano temporal, ni siquiera sobre el trono de David.
Sólo deseó ese reino que no es de este mundo y que, al mismo tiempo, en este mundo se arraiga por medio de la verdad en los corazones humanos: en el hombre interior.
Por este Reino anunció el Evangelio e hizo grandes signos. Por este reino, el reino de los hijos adoptivos de Dios, dio Su vida en la Cruz.
Y confirmó de nuevo este Reino con su Resurrección, dando el Espíritu Santo a los Apóstoles y a los hombres en la Iglesia.

De este modo Jesucristo es el Rey y centro de todos los corazones. Reunidos en Él por medio de la verdad, nos acercamos a la unión del reino, donde Dios “enjugará toda lágrima” (Ap 7, 17), porque será “todo en todos” (I Co 15, 28).

Fuente: San Juan Pablo II, Angelus del 16 de junio y 25 de agosto de 1985

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