Elogio de la Virgen del Pilar

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Según una piadosa y antigua tradición, ya desde los albores de su conversión, los primitivos cristianos levantaron una ermita en honor de la Virgen María, a las orillas del Ebro, en la ciudad de Zaragoza, donde la Santísima Virgen se apareciera al Apóstol Santiago. La primitiva y pequeña capilla, con el correr de los siglos, se ha convertido hoy en una basílica grandiosa que acoge, como centro vivo y permanente de peregrinaciones, a innumerables fieles que, desde todas las partes del mundo, vienen a rezar a la Virgen y a venerar su Pilar.

La advocación de nuestra Señora del Pilar ha sido objeto de un especial culto por parte de los españoles: difícilmente podrá encontrarse en el amplio territorio patrio un pueblo que no guarde con amor la pequeña imagen sobre la santa columna. Muchas instituciones la veneran también como patrona.

Muy por encima de milagros espectaculares, de manifestaciones clamorosas y de organizaciones masivas, la virgen del Pilar es invocada como refugio de pecadores, consoladora de los afligidos, madre de España. Su quehacer es, sobre todo, espiritual. Y su basílica en Zaragoza es un lugar privilegiado de oración, donde sopla con fuerza el Espíritu.
La devoción al Pilar tiene una gran repercusión en Hispanoamérica, cuyas naciones celebran la fiesta del descubrimiento de su continente el doce de octubre, es decir, el mismo día del Pilar. Como prueba de su devoción a la Virgen, los numerosos mantos que cubren la sagrada imagen y las banderas que hacen guardia de honor a la Señora ante su santa capilla testimonian la vinculación fraterna que Hispanoamérica tiene, por el Pilar, con la patria española.

Fuente: cf. Liturgia de las Horas. Oficio de Lectura del día.

La Batalla de Tucumán y la Virgen de la Merced (II)

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Consígnase aquí un hecho sobrenatural a manera de ilustración de lo que entonces anduvo en lenguas.

Doña Felipa Zavaleta de Corvalán, contemporánea de la batalla, trae en su Recuerdos familiares esta curiosa referencia:
«Los mismos prisioneros enemigos decían que a la hora de la acción en la línea del ejército tucumano vieron una Señora vestida de blanco, y que les batía el manto sobre los militares, y que por eso las balas no les hacían nada, como fue que sólo dos faltaron, que fueron Miguel Rivadeneira y Tomás Balor. Por esto se cree que esta Señora fue Nuestra Madre de Mercedes».

Lo más curioso es que el tal dato, de oídas tan sólo y poco creíble en sí, viene corroborado por otro, ya de testigo de vista, en la Memoria del general don Juan Pardo de Zela, hecha de público dominio en 1964 por el Boletín de la Academia Nacional de la Historia.
Pardo de Zela, oficial entonces y guerrero en las acciones así de Huaqui como de Tucumán y Salta, expuso con llaneza lo que vio personalmente, cuando se disponía al ataque de las tropas de Tristán:
«Formó el ejército en línea de batalla con un horizonte despejado y limpio de nubes... En esto una pequeña nube se descubre en el cielo en figura piramidal, sostenida por una base que parecía sostener una efigie de la imagen de Nuestra Señora.
«Era día en que se celebraba la fiesta de Nuestra Señora de la Merced; y cada soldado creyó ver en la indicada nube la redentora de sus fatigas y privaciones; cuya ilusión, aumentándose progresivamente, daba más fortaleza a nuestra pequeña línea, que ya enfrentada con la del enemigo, que no había podido aún organizar la suya, empezó a sentir por el fuego de nuestras piezas de artillería el estrago que ellas causan».

(...)

Sucedió entonces un hecho llamativo, calificado de «sobrenatural» por el historiador tucumano Manuel Lizondo Borda; «que nunca habían visto los soldados enemigos del Alto Perú, y que, por lo mismo, contribuyó a desbandarlos y a llevarles el pánico». Y fue un ciclón, que llegó desatado por el sur, trayendo en su seno una tupida manga de langostas. Lo describe don Marcelino de la Rosa en sus Tradiciones históricas:
«En momentos tan azarosos para los españoles, vino a empeorar su angustiosa situación un terrible huracán. El ruido horrísono que hacía el viento en los bosques de la sierra y en los montes y árboles que arrastraba, cubriendo el cielo y oscureciendo el día, daba a la escena un aspecto terrífico».
Esto de las langostas parecería tema baladí y que debiera con preferencia soslayarse. No lo fue en la batalla de Tucumán. El doctor Lizondo Borda le dedica su párrafo justiciero:
«Las mismas langostas parece que ayudaron su poquito ese día. Porque millares de ellas, escapando del viento, al largarse en picada hacia tierra, hacían fuertes impactos en pechos y caras de los combatientes. Y si los mismos criollos, que las conocían, al sentir esos golpes, según Paz, se creyeron heridos de bala, es de imaginar el espanto de los altoperuanos o cuicos, al sentir en sus cuerpos tal granizada de balazos, que no eran sino langostazos».

Este conjunto de circunstancias desfavorables a las columnas españolas de la derecha, que aún se mantenían en el campo, determinaron su retirada. La que debió verificarse con precipitación, hasta una legua de distancia, donde logró Tristán constituir nuevo frente.

Fuente: Cayetano Bruno, SDB, Nuestra Señora de las Mercedes en la vida del General Belgrano - merced.org.ar

La Batalla de Tucumán y la Virgen de la Merced (I)

Belgrano 01 01 Belgrano y la Virgen de la Merced de Tucumán

La afirmación de haberse puesto Belgrano antes de la batalla bajo la protección de nuestra Señora de las Mercedes, tiene buen lastre de documentos.


Según el parte remitido por el mismo Belgrano al gobierno el 26 de setiembre -dos días después de la batalla-, se había conseguido la victoria el «día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos». Lo propio registra la proclama del 28 siguiente, dirigida por Belgrano a los pueblos del Interior: El ejército realista «ha sido completamente batido el 24 del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección se puso el de mi mando».

A este acto de angustiosa demanda, se unió la plegaria de la feligresía, que recuerda el combatiente Lorenzo Lugones, testigo presencial: En el fragor del combate las mujeres «del patriota pueblo dirigían sus plegarias al cielo y [a] la Virgen Santísima de Mercedes».
Con las mujeres, el resto de la población, según refirió un mes después el doctor don José Agustín Molina, en el discurso conmemorativo de «la gloria de la patria triunfante por la protección de María». Aludió el doctor Molina en presencia de Belgrano y de los oficiales del ejército, a «las fervorosas e incesantes plegarias», dirigidas a la Virgen «dentro y fuera de la ciudad por religiosos, sacerdotes, niños, mujeres y una infinidad de almas justas..., como otros tantos Moisés en el monte».

Apunta Belgrano en su Fragmento de memoria sobre la batalla de Tucumán:

«El campo de batalla no había sido reconocido por mí, porque no me había pasado por la imaginación que el enemigo intentase venir por aquel camino, a tomar la retaguardia del pueblo con el designio de cortarme toda retirada; por consiguiente, me hallé en posición desventajosa con parte del ejército en un bajío».

Ya se verá después cómo el elemento humano contó para muy poco en la batalla de Tucumán.
(...)
Y henos aquí ante lo extraño de este hecho histórico. La batalla de Tucumán no pertenece al orden común de los acontecimientos similares, desde que resultaron fallidas todas las disposiciones tomadas para asegurar sus resultas.
«Los movimientos de ambas fuerzas -puso de manifiesto Paz en sus Memorias póstumas- fueron tan variados, tan fuera de todo cálculo, imprevistos y tan desligados entre sí, que resultó una complicación como nunca he visto en otras acciones en que me he encontrado».

Su remate no pudo ser tampoco fruto de humana previsión. Parecería como si nuestra Señora de las Mercedes hubiese tomado el mando de las bisoñas huestes patriotas para conducirlas a la victoria.

Fuente: Cayetano Bruno, SDB, Nuestra Señora de las Mercedes en la vida del General Belgrano - merced.org.ar

Oración a la Virgen Niña

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Famosa imagen de la Virgen Niña en Milán

Dulcísima Niña María, radiante Aurora del Astro Rey, Jesús, escogida por Dios desde la eternidad para ser la Reina de los cielos, el consuelo de la tierra, la alegría de los ángeles, el templo y sagrario de la adorable Trinidad, la Madre de un Dios humanado; me tienes a tus plantas, oh infantil Princesa, contemplando los encantos de tu santa infancia. En tu rostro bellísimo se refleja la sonrisa de la Divina Bondad, tus dulces labios se entreabren para decirme: “Confianza, paz y amor...”

¿Cómo no amarte, María, luz y consuelo de mi alma..., ya que te complaces en verte obsequiada y honrada en tu preciosa imagen de Reina Niña? Yo me consagro a tu servicio con todo mi corazón. Te entrego, amable Reina, mi persona, mis intereses temporales y eternos. Bendíceme Niña Inmaculada, bendice también y protege a todos los seres queridos de mi familia. Se tú, Infantil Soberana, la alegría, la dulce Reina de mi hogar, a fin de que por tu intercesión y tus encantos reine e impere en mi corazón y en todos los que amo, el dulcísimo Corazón de Jesús Sacramentado. Amén.

Fuente: devocionario.com

El Beato Pier Giorgio y la devoción a la Virgen (II)

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Un sacerdote recuerda: "Jamás se podría olvidar el haber visto rezar a aquel joven. Se fijaba en la Virgen y parecía devorarla con los ojos".

En sus excursiones a la montaña de esta zona, no dejaba de refugiarse junto a la Virgen. Un compañero de una de estas salidas, que no era católico militante, evoca este recuerdo:
“Regresando con algunos compañeros de una excursión por «sus montañas» pasamos por el santuario de Oropa. Ni bien llegamos nos sentamos en un café. Nos contamos, todos estaban presentes, salvo Pier Giorgio. Había desaparecido sin decir palabra. Al instante cada cual fue en busca de él y le hallamos al fin en el antiguo santuario orando... A nadie le avisó, obró como siempre, sin ostentación, pero también sin respeto humano, del modo más sencillo. Por supuesto que se cuidó bien de hacernos notar nuestra indiferencia, pero ¡cuánto más elocuentes que una reprimenda o una exhortación fueron su silencio y su ejemplo!”

Era un admirador del Dante, lo leía con asiduidad y gusto. Se había copiado el canto que el poeta le dedica en el Paraíso a la Virgen María, lo había aprendido de memoria, y lo recitaba muchas veces, en cualquier lugar... en su casa, en el campo, en la montaña, y hasta en el tren, en las excursiones con sus compañeros:
"¡Oh Virgen Madre, oh Hija de tu Hijo,
alta y humilde más que otra criatura,
término fijo de eterno decreto!"
Dante, La divina comedia, El Paraíso, canto XXXIII

Fuente: P. Diego Cano IVE, Escalada al cielo, biografía de Pier Giorgio Frassati

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