Los primeros esposos beatificados juntos (II)

Beltrame Quattrocchi - Corsini 03 03 Beatos Luis y María Beltrame Quattrocchi

Queridos esposos, como todo camino de santificación, también el vuestro es difícil. Cada día afrontáis dificultades y pruebas para ser fieles a vuestra vocación, para cultivar la armonía conyugal y familiar, para cumplir vuestra misión de padres y para participar en la vida social. Buscad en la palabra de Dios la respuesta a los numerosos interrogantes que la vida diaria os plantea. San Pablo, nos ha recordado que “toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud” (2 Tm 3, 16). Sostenidos por la fuerza de estas palabras, juntos podréis insistir con vuestros hijos “a tiempo y a destiempo”,reprendiéndolos y exhortándolos “con toda comprensión y pedagogía” (2 Tm 4, 2).

La vida matrimonial y familiar puede atravesar también momentos de desconcierto.Sabemos cuántas familias sienten en estos casos la tentación del desaliento. Pienso, en particular, en los que viven el drama de la separación; pienso en los que deben afrontar la enfermedad y en los que sufren la muerte prematura del cónyuge o de un hijo. También en estas situaciones se puede dar un gran testimonio de fidelidad en el amor, que llega a ser más significativo aún gracias a la purificación en el crisol del dolor.

Encomiendo a todas las familias probadas a la providente mano de Dios y a la protección amorosa de María, modelo sublime de esposa y madre, que conoció bien el sufrimiento y la dificultad de seguir a Cristo hasta el pie de la cruz. Amadísimos esposos, que jamás os venza el desaliento: la gracia del sacramento os sostiene y ayuda a elevar continuamente los brazos al cielo, como Moisés (cf. Ex 17, 11-12). La Iglesia os acompaña y ayuda con su oración, sobre todo en los momentos de dificultad.
Al mismo tiempo, pido a todas las familias que a su vez sostengan los brazos de la Iglesia, para que no falte jamás a su misión de interceder, consolar, guiar y alentar. Cada día ruego al Señor para que ayude a las numerosas familias heridas por la miseria y la injusticia, y acreciente la civilización del amor.

Queridos hermanos, la Iglesia confía en vosotros para afrontar los desafíos que se le plantean en este nuevo milenio. Entre los caminos de su misión, «la familia es el primero y el más importante» (Carta a las familias, 2); la Iglesia cuenta con ella, llamándola a ser «un verdadero sujeto de evangelización y de apostolado» (ib., 16).
Estoy seguro de que estaréis a la altura de la tarea que os aguarda, en todo lugar y en toda circunstancia. Queridos esposos, os animo a desempeñar plenamente vuestro papel y vuestras responsabilidades.
Que el Espíritu Santo, que colmó el corazón de María para que, en la plenitud de los tiempos, concibiera al Verbo de la vida y lo acogiera juntamente con su esposo José, os sostenga y fortalezca. Que colme vuestro corazón de alegría y paz, para que alabéis cada día al Padre celestial, de quien viene toda gracia y bendición.

Fuente: SS. Juan Pablo II, Homilía del domingo 21 de octubre de 2001

San Agustín: una búsqueda continua de Dios

San Agustin 05 13

San Agustín había sido educado cristianamente por su madre Santa Mónica. Como consecuencia de este desvelo materno, aunque hubo unos años en que estuvo lejos de la verdadera doctrina, siempre mantuvo el recuerdo de Cristo, cuyo nombre había bebido, dice él, con la leche materna.

Cuando, al cabo de los años, vuelva a la fe católica afirmará que regresará a la religión que me había sido imbuida desde niño y que había penetrado hasta la médula de mi ser. Esa educación primera ha sido, en innumerables casos, el fundamento de la fe, a la que muchos han vuelto después de una vida quizá muy alejada del Señor.
Después de años de buscar la Verdad sin encontrarla, con la ayuda de la Gracia que su madre imploró constantemente llegó al convencimiento de que sólo en la Iglesia Católica encontraría la Verdad y la paz para su alma.

Aunque Agustín veía claro dónde estaba la Verdad, su camino no había terminado. Buscaba excusas para no dar ese paso definitivo, que para él significaba, además, una entrega radical a Dios, con la renuncia, por predilección a Cristo, de un amor humano. Dio ese paso definitivo en el verano del año 386, y nueve meses más tarde, en la noche del 24 al 25 de abril del año siguiente, durante la vigilia pascual, tuvo su encuentro para siempre con Cristo, al recibir el bautismo de manos del obispo San Ambrosio.
Nunca olvidó San Agustín aquella noche memorable. “Recibimos el Bautismo -recuerda al cabo de los años- y se disipó en nosotros la inquietud de la vida pasada. Aquellos días no me hartaba de considerar con dulzura admirable tus profundos designios sobre la salvación del género humano”. Y añade: “Cuántas lágrimas derramé oyendo los acentos de tus himnos y cánticos, que resonaban dulcemente en tu Iglesia”.
“Buscad a Dios, y vivirá vuestra alma. Salgamos a su encuentro para alcanzarle, y busquémosle después de hallarlo. Para que le busquemos, se oculta, y para que sigamos indagando, aun después de hallarle, es inmenso. Él llena los deseos según la capacidad del que investiga”.

Ésta fue la vida de San Agustín: una continua búsqueda de Dios; y ésta ha de ser la nuestra. Cuanto más le encontremos y le poseamos, mayor será nuestra capacidad para seguir creciendo en su amor.

Restáuranos, Señor, por tu misericordia

Santa Catalina de Siena 05 06

Mi Señor dulcísimo, vuelve benignamente tus ojos misericordiosos a este pueblo y al cuerpo místico que es tu Iglesia; porque mayor gloria se seguirá para tu santo nombre al perdonar tan gran muchedumbre de tus creaturas que si tan sólo me perdonas a mí, miserable pecadora, que tan gravemente he ofendido a tu majestad.

¿Qué consuelo podría hallar yo en poseer la vida, viendo que tu pueblo está privado de ella, y viendo cómo las tinieblas del pecado cubren a tu amada Esposa, por mis pecados y los de las demás creaturas tuyas?
Deseo, pues, y te pido como una gracia especial este perdón, por aquel amor incomparable que te movió a crear al hombre a tu imagen y semejanza.
¿Cuál, me pregunto, fue la causa de que colocaras al hombre en tan alta dignidad? Ciertamente, sólo el amor incomparable con el cual miraste en ti mismo a tu creatura y te enamoraste de ella. Mas veo con claridad que por culpa de su pecado perdió merecidamente la dignidad en que lo habías colocado.

Pero tú, movido por aquel mismo amor, queriendo reconciliarte gratuitamente al género humano, nos diste la Palabra que es tu Hijo unigénito, el cual fue verdaderamente reconciliador y mediador entre tú y nosotros. Él fue nuestra justicia, ya que cargó sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades y sufrió el castigo que por ellas merecíamos, por obediencia al mandato que tú, Padre eterno, le impusiste, cuando decretaste que había de asumir nuestra humanidad. ¡Oh incomparable abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá tan duro que no se parta al considerar cómo la sublimidad divina ha descendido tan abajo, hasta nuestra propia humanidad?

Nosotros somos tu imagen y tú imagen nuestra, por la unión verificada en el hombre, velando la divinidad eterna con esta nube que es la masa infecta de la carne de Adán. ¿Cuál es la causa de todo esto? Solamente tu amor inefable. Por éste tu amor incomparable imploro, pues, a tu majestad, con todas las fuerzas de mi alma, para que otorgues benignamente tu misericordia a tus miserables creaturas.

Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, Liturgia de las Horas

San Pedro y San Pablo, Apóstoles (I)

San Pedro 07 14

Pedro, fundamento de la Iglesia.
Tras la resurrección, hallándose Jesús en medio de sus discípulos, le dice a Pedro: «¿Me amas?» A lo que responde el Apóstol: «Señor, ya sabes que te amo». Le dice Nuestro Señor: «Apacienta mis corderos». Vuelve a repetirle la misma pregunta por tres veces, y tras de cada respuesta de amor de parte de Pedro, lo nombra a él y a sus sucesores, jefe visible de todo su rebaño, corderos y ovejas. Esta investidura tiene lugar tras haber borrado Pedro su triple negación con un triple acto de amor.
Cristo, pues, reclamaba de su Apóstol un testimonio de su divinidad antes de realizar la promesa que había hecho de fundar sobre él su Iglesia.

Esta sociedad, establecida por Cristo sobre Pedro y los Apóstoles, para mantener la vida sobrenatural en nuestras almas, se ha organizado, desarrollado y extendido por todo el mundo.
Lo que nosotros por nuestra parte hemos de retener es que en este mundo es ella la continuadora de la misión de Jesús, por su doctrina, por su jurisdicción, por sus sacramentos, por su culto.

Por su doctrina, que conserva intacta e íntegra en una tradición viva e ininterrumpida; por su jurisdicción, en virtud de la cual tiene autoridad para dirigirnos en nombre de Cristo; por los sacramentos, por medio de los cuales nos hace beber de las fuentes de la gracia que ha creado su divino fundador; por su culto que organiza ella para tributar todo honor y toda gloria a Cristo Jesús y a su Padre.

La Iglesia es el camino seguro para ir a Dios, ya que «Nuestro Señor está con sus Apóstoles hasta la consumación de los siglos», y ha «rogado por Pedro, y por sus sucesores, a fin de que no desfallezca su fe».

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 322

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