No tendrás reposo hasta estar unido a Cristo

Meditar 14 14

El reino de Dios dentro de vosotros está, dice el Señor. Conviértete a Dios de todo corazón y deja ese miserable mundo, y hallará tu alma reposo. Aprende a menospreciar las cosas exteriores y date a las interiores, y verás que viene a ti el reino de Dios. Pues el reino de Dios es paz y gozo en el Espíritu Santo, lo cual no se da a los malos. Si le preparas digna morada en tu interior, Jesucristo vendrá a ti y te mostrará su consolación. Toda su gloria y hermosura es en lo interior, y allí se complace. Su continua visitación es con el hombre interior; con él habla dulcemente, es grata su consolación, tiene mucha paz, y admirable familiaridad.

Sé, pues, alma fiel, y prepara tu corazón a este Esposo, para que quiera venirse a ti y morar contigo; porque él dice así: Si alguno me ama, guardará mi palabra, vendremos a él, y moraremos en él._

Da pues lugar a Cristo, y a todo lo demás cierra la entrada. Si a Cristo tuvieres, estarás rico y te bastará. Él será tu proveedor y fiel procurador en todo, de manera que no tendrás necesidad de esperar en los hombres. Porque los hombres se mudan fácilmente y desfallecen en breve; pero Jesucristo permanece para siempre, y está firme hasta el fin.
No hay que poner mucha confianza en el hombre frágil y mortal, aunque sea provechoso y bien querido, ni se ha de tomar mucha pena si alguna vez fuere contrario. Los que hoy están a tu favor, mañana te pueden contradecir, y al contrario; muchas veces se vuelven como el viento. Pon en Dios toda tu esperanza, y sea él tu temor y tu amor. Él responderá por ti y lo hará como mejor convenga. No tienes aquí ciudad de morada; donde quiera que fueses serás extraño y peregrino, y no tendrás jamás reposo hasta que estés íntimamente unido con Cristo.

¿Qué miras aquí, no siendo éste el lugar de tu descanso? En el cielo ha de ser tu morada, y como de paso has de mirar todo lo terrestre. Todas las cosas pasan, y tú con ellas. Guarda, no te apegues a cosa alguna, porque no seas preso y perezcas. En el Altísimo esté tu pensamiento; y tu oración diríjase sin cesar a Cristo. Si no sabes contemplar las cosas altas y celestiales, descansa en su pasión, y mora muy gustoso en sus sacratísimas llagas. Porque si te llegas devotamente a las llagas y preciosas heridas de Jesucristo, gran consuelo sentirás en la tribulación, no harás mucho caso de los desprecios de los hombres y fácilmente sufrirás las palabras de los maldicientes.

Fuente: Cfr. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, Libro II, cap. 2.

Sequedad en la oración (I)

Roca de salvacion 01 01 Roca de salvación

Ayúdame Señor, a buscarte y unirme a ti, aun en la sequedad y debilidades de espíritu.

Aun sin la intervención de las causas físicas o morales que ya mencionamos anteriormente (en el tema de “La aridez”), se puede caer repentinamente de un estado fervoroso en la sequedad más absoluta. Esto acaece por obra directa de Dios que pone al alma en la imposibilidad de hacer oración ayudándose de la imaginación, y de ejercitarse, como antes, en actos sensibles de amor. Mientras antes el alma meditaba o se entretenía con Dios afectuosamente, con gusto y facilidad, ahora ya no saca jugo de nada: le es imposible reunir dos conceptos. Pensamientos y lecturas, que otras veces la conmovían tanto, la dejan ahora totalmente indiferente y el corazón permanece duro y frío como una piedra.
Aunque vigila cuidadosamente el mantenimiento fiel de la mortificación y generosidad, a pesar de intensificar la preparación a la meditación y de pedir fervorosamente al Señor que la ayude, no logra obtener de su corazón una gotita de amor. Entonces la pobrecilla se aflige e intimida, pensando que por alguna culpa pasada el Señor la ha abandonado y no sabe que esta especie de aridez esconde una grande gracia de Dios, gracia de purificación y de adelanto en los caminos del espíritu.

De hecho, mediante la sequedad, el Señor pretende librarla de las niñerías de la sensibilidad para trasladarla al grado más puro y sólido del amor de voluntad. Cuando el alma encontraba tanto consuelo en la oración, sin darse cuenta se apegaba un poco a las consolaciones sensibles, y así buscaba y amaba la oración no únicamente por Dios, sino también un poco por sí misma. Privada ahora de todo gusto, aprenderá a ocuparse en ella sólo por agradar al Señor.
Además, no encontrando apoyo alguno en los pensamientos sutiles y en las dulces emociones, aprenderá a vivir sólo con la energía de la voluntad, ejercitándose en actos de fe y amor completamente áridos pero tanto más meritorios cuanto más voluntarios. Así su amor a Dios será más puro, siendo más desinteresado y más sólido, por ser más voluntario.

“Bendito sea, Señor, tu nombre por todos los siglos, porque dispusiste que sufra esta tribulación. Yo no puedo evitarla, por eso recurro a ti para que me ayudes y me la conviertas en bien. Señor, estoy profundamente afligido, mi corazón no tiene reposo y está muy apenado por esta dura prueba ¿qué diré, oh Padre amadísimo? Estoy angustiado: sálvame, Señor. Esto me acaece para mayor gloria tuya, pues seré muy humillado y Tú me librarás después. Dígnate, Señor, librarme, porque solo, miserable como soy, ¿qué puedo hacer y a dónde iré sin ti?
Dame también ahora la gracia de la paciencia: ayúdame, Señor, y no temeré cualquier prueba. Y entre tanto ¿qué diré yo en medio de estas congojas? Señor, que sea hecha tu voluntad. He merecido, por desgracia, ser atribulado y agobiado por el dolor. Y me es útil el sufrir: al menos concédeme soportarlo con paciencia hasta que la tormenta pase y torne la calma” (Imitación de Cristo, III, 29, 1-2).

Fuente: cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

De la lectura de la Sagrada Escritura

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En las santas Escrituras se debe buscar la verdad y no la elocuencia. Toda la Escritura se debe leer con el mismo espíritu que se hizo. Más debemos buscar el provecho en la Escritura que la sutileza de las palabras.
Los hombres pasan, la verdad del Señor permanece para siempre.

De diversas maneras nos habla Dios, sin acepción de personas. Nuestra curiosidad nos impide muchas veces el provecho que se saca en leer las Escrituras, por cuanto queremos entender lo que deberíamos pasar sencillamente. Si quieres aprovechar, lee con humildad, fidelidad y sencillez, y nunca desees renombre de sabio. Pregunta de buena voluntad, y oye callando las palabras de los santos, y no te desagraden las sentencias de los ancianos, porque nunca las dicen sin motivo.
Acaece que muchos, aunque oigan el Evangelio, gustan poco de él, porque no tienen el espíritu de Cristo. El que quisiere, pues, entender con placer y perfección las palabras de Cristo, procure conformar con Él toda su vida.

Yo conozco que tengo grandísima necesidad en esta vida de dos cosas, sin las cuales no la podría sufrir, detenido en la cárcel de este cuerpo, que son mantenimiento y lumbre. Así que me diste como a enfermo tu sagrado Cuerpo para recreación del ánima y del cuerpo, y pusiste para guiar mis pasos una candela, que es tu palabra. Sin estas dos cosas yo no podría vivir bien, porque la palabra de tu boca luz es del ánima, y tu sacramento es pan de vida.
También éstas se pueden decir dos mesas puestas en el sagrario de la santa Iglesia de una parte y de otra. La una mesa es el santo altar, donde está el pan santo, que es el Cuerpo preciosísimo de Cristo; la otra es de la ley divina, que contiene la sagrada doctrina, y enseña la recta fe, y nos lleva firmemente hasta lo secreto del velo, donde está el Santo de los santos.

Gracias te doy, Señor Jesús, luz de la eterna luz, por la mesa de la santa doctrina que nos administraste por tus santos siervos los profetas y apóstoles y por los otros doctores.

Fuente: Tomás de Kempis, Imitación de Cristo.

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