La vocación a la santidad

Enrique Shaw 02 02 El Siervo de Dios Enrique Shaw, junto a su esposa y sus 9 hijos

A todos vosotros "los queridos por Dios y santos por vocación, la gracia y la paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo" (Rom 1, 7). ¡La santidad! He aquí la gracia y la meta de todo creyente, conforme nos recuerda el Libro del Levítico: "Sed santos, porque yo, el Señor, Dios vuestro, soy santo" (19, 2).

Si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial... Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria: la vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección.
Tarea primaria de la Iglesia es acompañar a los cristianos por el camino de la santidad, con el fin de que iluminados por la inteligencia de la fe, aprendan a conocer y a contemplar el rostro de Cristo y a redescubrir en Él la auténtica identidad y la misión que el Señor confía a cada uno. De tal modo que lleguen a estar "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, teniendo como piedra angular al mismo Jesucristo. En Él cada construcción crece bien ordenada para ser templo santo en el Señor" (Ef 2, 20-21).

La Iglesia reúne en sí todas las vocaciones que Dios suscita entre sus hijos y se configura a sí misma como reflejo luminoso del misterio de la Santísima Trinidad.
La Iglesia es "casa de la santidad" y la caridad de Cristo, difundida por el Espíritu Santo, constituye su alma. Por ella todos los cristianos deben ayudarse recíprocamente en descubrir y realizar su vocación a la escucha de la Palabra de Dios, en la oración, en la asidua participación a los Sacramentos y en la búsqueda constante del rostro de Cristo en cada hermano. De tal modo cada uno, según sus dones, avanza en el camino de la fe, tiene pronta la esperanza y obra mediante la caridad, mientras la Iglesia "revela y revive la infinita riqueza del misterio de Jesucristo" (Christifideles laici, 55) y consigue que la santidad de Dios entre en cada estado y situación de vida, para que todos los cristianos lleguen a ser operarios de la viña del Señor y edifiquen el Cuerpo de Cristo.

Las familias están llamadas a jugar un papel decisivo para el futuro de las vocaciones en la Iglesia. La santidad del amor esponsal, la armonía de la vida familiar, el espíritu de fe con el que se afrontan los problemas diarios de la vida, la apertura a los otros, la participación en la vida de la comunidad cristiana constituyen el ambiente adecuado para la escucha de la llamada divina y para una generosa respuesta de parte de los hijos.

Fuente: del Mensaje de San Juan Pablo II para la XXXIX Jornada mundial por las vocaciones, 21 de abril 2002

Jóvenes ejemplares (III)

Beata Josefina Suriano 01 01 Beata Josefina Suriano

Josefina Suriano nació el 18 de febrero de 1915 en Partinico, centro agrícola de la provincia italiana de Palermo, arquidiócesis de Monreale. El 6 de mayo de 1915 Josefina fue bautizada en la entonces única iglesia parroquial de la Santísima Virgen de la Anunciación (o Annunziata). A los dos años de edad, cuando por primera vez descubrió a Jesús crucificado, se vio que comprendía el significado de aquel símbolo. Su serenidad de espíritu la llevó a demostrar inclinación hacia las cosas simples de la vida, que giraban en torno al sentido religioso que tuvo desde entonces y que a lo largo de su vida ocupará el primer lugar entre sus intereses.

Viviendo en la gran casa de sus abuelos y rodeada del afecto de sus parientes, recibió de todos ellos la primera educación moral y religiosa que, desde los cuatro años, fue confiada a las Hermanas “Collegine de San Antonio”. En 1922 recibió los sacramentos de la penitencia, primera comunión y confirmación. En el mismo año ingresó en la Acción Católica siendo primero “benjamina”, después aspirante y finalmente joven de la A.C.

A los doce años Josefina empezó a participar con profundo espíritu eclesial en la vida parroquial y diocesana, tomando parte activa en todas las iniciativas de la A.C. El centro de sus actividades fue la parroquia, donde con total disponibilidad cooperaba con el párroco. De 1939 a 1948 fue secretaria de la A.C. y de 1945 a 1948, si bien era parte del grupo de las mujeres, fue nombrada presidenta de las jóvenes por pedido de las mismas. En 1948 fundó la Asociación de las Hijas de María y fue su presidenta hasta la muerte. El voto de castidad que hizo Josefina el 29 de abril de 1932 en la capilla de las Hijas de la Misericordia y de la Cruz, que era la sede social de la juventud femenina de la A.C., demuestra que su compromiso religioso surgía de una opción de vida. Las palabras que pronunció y escribió en su diario aquel día son las siguientes: “En este día solemne, Jesús mío, yo quiero unirme más a Ti y prometo ser cada vez más pura y más casta para ser una azucena digna de tu jardín”.

Intentó varias veces entrar en la vida religiosa, pero se encontró con dificultades insuperables. Y mientras rezaba esperando obtener la bendición de sus padres para entrar en la vida religiosa, seguía participando con espíritu eclesial en la vida de la parroquia y de la diócesis, como socia y responsable de la A.C. y como presidenta de la Pía Unión de las Hijas de María. Viendo que no podía ingresar en la vida religiosa, Josefina quiso dar al Señor la última prueba de su inmenso amor y el 30 de mayo de 1948, junto con otras tres compañeras, se ofreció como víctima por la santidad de los sacerdotes. Fue verdaderamente llamativa la coincidencia entre el acto de su ofrenda como víctima y el comienzo de una forma de artritis reumática tan fuerte que le dejaría un defecto cardíaco que luego la llevará a la muerte. Hasta el último momento siguió dando un ejemplo sublime de perfección. Murió improvisamente de un infarto el 19 de mayo de 1950 y fue beatificada el 5 de septiembre de 2004.

Fuente: cf. aciprensa.com

Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección

Sagrado Corazon 37 70 Santos Ignacio de Loyola y Luis Gonzaga

En la lucha por la santidad hay muchas dificultades que superar, y muchos enemigos que vencer. Entonces una mirada al Corazón de Jesús, “nuevo estandarte de la victoria” (León XIII. Encíclica Annum Sacrum), y el triunfo será nuestro. Esta promesa es para los católicos fervorosos. San Ignacio dice que, aquel que está obligado a Dios por tantos beneficios, no puede contentarse con un servicio vulgar. Al menos deberíamos encontrarnos en este estado: “Quiero tener deseos de ser santo”.

Dos elementos son imprescindibles: Dios y mi esfuerzo. Sin su gracia, ni puedo desear lo bueno, ni pronunciar con provecho el nombre de Jesús. Él me dará siempre más de lo necesario: Dios no se ha agotado, ni se agotará por muchos santos que haga.
Por otra parte, nadie sabe lo que su parte estorba a lo que Dios obraría en él, si no pusiera obstáculo a la gracia, según el profundo pensamiento de San Ignacio de Loyola. Cuando yo diga a Dios la palabra “quiero”, me abrumará con su gracia.
“Todo lo que me sirva para la santificación, lo abrazaré, aunque me cueste; todo lo que me estorbe lo desecharé; todo lo que sea indiferente, lo despreciaré” (San Luis Gonzaga)

La promesa del Sagrado Corazón incluye tres elementos: los que practiquen esta devoción se elevarán a perfección grande y rápidamente.
1º Se elevarán a perfección. Esta perfección comprende a todo hombre y en toda su vida sobrenatural. Perfección de la mente con toda sabiduría y dones del Espíritu Santo; del corazón, dándole la perfección en el amor hasta hacerlo capaz del sacrificio; y de la voluntad, en la práctica de los mandamientos y consejos.
2º Perfección grande. En esta devoción lo primero es el acrecentamiento de la virtud de la caridad, la cual, enseña Santo Tomás, da su forma y perfección a todas las virtudes, ordenándolas a su último fin. Pío XII decía que es la síntesis de toda religión y la norma de vida más perfecta, porque como afirmaba Pío XI, esta devoción “lleva los entendimientos con mayor facilidad al conocimiento completo de Cristo Nuestro Señor, e inclina las voluntades eficazmente a amarle con más ardor y a imitarle más cerca.” (Miserentissimus Redemptor)
3º Perfección rápida. Por el camino común el trabajo de purificación interior se duplica y es mucho más fatigoso y lento. Pero el Corazón de Jesús es el árbitro de la gracia, puede abreviar la obra de nuestra santificación. “Les dará la perfección pronto”. Abracémosla con ahínco, lectores amigos, y practiquemos con entusiasmo la devoción al Sagrado Corazón, porque es el Camino más abreviado, para conseguir la perfección.

Fuente: P. Manuel Mosquero Martin SJ, Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús

Plegaria del joven

Carlo Acutis y Montserrat Grasses 01 01 Los jóvenes Carlo Acutis y Montserrat Grases actualmente en proceso de beatificación

Santísima Trinidad, eterna vida y juventud, Tú que eres la fuente de mi ser, haz que la aventura de mi vida, que recién comienza con toda la fuerza de lo nuevo, tenga el único sentido de caminar de retorno a la casa del Padre. Señor Jesús, que un día pensaste y amaste con alma de joven, imprime en mi corazón tus mismos ideales y sentimientos.

Quisiera tener siempre sed de la verdad, buscada en el bellísimo libro de la creación, en los acontecimientos de todos los días y, sobre todo, en ti mismo, el único Maestroque tiene para mí palabras de vida eterna. Concédeme un amor limpio y generoso, capaz de amar a mi prójimo y a mi patria, a los amigos y a los enemigos; que se entusiasme con prontitud y facilidad por todo lo que es noble, justo y grande; que sintonice con los héroes y santos de la historia; que sienta en lo más hondo del alma el llamado a las grandes empresas y tenga instintivo horror de lo mediocre, lo injusto, lo doble, lo hipócrita y lo bajo; que por encima de todo y con un corazón ensanchado y dilatado, logre correr por el camino de tus mandatos amándote con todo el corazón, toda el alma, toda la mente y todas las fuerzas. Educa mis pasiones, afectos y sentimientos para que nunca me desordenen ni me manchen, y sean los que me den fuerza y sensibilidad para el dolor, el amor y la belleza.

Yo también quisiera, Señor, que como Tú, toda mi vida estuviese dedicada a las cosas de mi Padre, que ninguna de sus cosas me fuese indiferente, no me venciese el respeto humano y jamás buscase agradar a los hombres sino sólo a mi Dios. Quiero ser, con tu gracia, dedicado en el estudio, alegre en las diversiones, esforzado y limpio en el deporte, noble en la amistad, devoto en la oración y magnánimo en tu servicio.
Sólo porque he vivido poco, aún no tengo que lamentar grandes fracasos ni me pesa la decrepitud de arraigados malos hábitos. Pero Tú sabes, Señor, que tengo necesidad de amar y ser amado, y que a veces siento el vértigo de la libertad, que mis pasiones me sacuden como un mar embravecido, el mundo me seduce con facilidad y mis propósitos son frágiles. Te imploro que madures y temples mi corazón como el del joven Juan, tu discípulo amado, con la castidad y la caridad, pues yo también quiero serte fiel en la amistad hasta la cruz.
Mas si algún día te traicionara por el pecado, como Pedro, no te quedes en silencio soportando mi afrenta, mírame y muéstrame como te plazca, aunque tu mano me parezca dura, que he equivocado el camino, pues estoy dispuesto al arrepentimiento y a comenzar de nuevo.

Tengo, por fin, Señor, un futuro que me atrae y mil proyectos que me fascinan. No sé qué querrás hacer de mi vida ni qué planes e ilusiones tienes sobre mí, pero quisiera decirte que estoy dispuesto a todo, sólo que me ayudes en lo que mandes. Más allá de ello, manda lo que quieras. Quisiera que tu Madre, Señor, me tratase como a ti: formándome un corazón como el tuyo, buscándome con angustia cuando me pierda, estando siempre al pie de mi cruz y esperándome gloriosa en la gran alegría de la eternidad. Amén.

Fuente: P. Ramiro Sáenz, Solo Dios basta

''Estad siempre alegres en el Señor''

Don Bosco ensenandoComo acabáis de escuchar en la lectura de hoy, amados hermanos, la misericordia divina, para bien de nuestras almas, nos llama a los goces de la felicidad eterna, mediante aquellas palabras del Apóstol: Estad siempre alegres en el Señor. Las alegrías de este mundo conducen a la tristeza eterna, en cambio, las alegrías que son según la voluntad de Dios durarán siempre y conducirán a los goces eternos a quienes en ellas perseveren. Por ello añade el Apóstol: Otra vez os lo digo: Estad alegres.

Se nos exhorta a que nuestra alegría, según Dios y según el cumplimiento de sus mandatos, se acreciente cada día más y más, pues cuanto más nos esforcemos en este mundo por vivir entregados al cumplimiento de los mandatos divinos, tanto más felices seremos en la otra vida y tanto mayor será nuestra gloria ante Dios.

Que vuestra bondad sea conocida de todos, es decir, que vuestra santidad de vida sea patente no sólo ante Dios, sino también ante los hombres; así seréis ejemplo de modestia y sobriedad para todos los que en la tierra conviven con vosotros y vendréis a ser también como una imagen del bien obrar ante Dios y ante los hombres.

El Señor está cerca; no os inquietéis por cosa alguna: El Señor está siempre cerca de los que lo invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a él con fe recta, esperanza firme y caridad perfecta; él sabe, en efecto, lo que vosotros necesitáis ya antes de que se lo pidáis; él está siempre dispuesto a venir en ayuda de las necesidades de quienes lo sirven fielmente. Por ello no debemos preocuparnos desmesuradamente ante los males que pudieran sobrevenirnos, pues sabemos que Dios, nuestro defensor, no está lejos de nosotros, según aquello que se dice en el salmo: El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor. Si nosotros procuramos observar lo que él nos manda, él no tardará en darnos lo que prometió.

En toda necesidad presentad a Dios vuestras peticiones mediante la oración y la súplica, acompañadas con la acción de gracias, no sea que, afligidos por la tribulación, nuestras peticiones sean hechas -Dios no lo permita- con murmuraciones o tristeza; antes, por el contrario, oremos con paciencia y alegría, dando continuamente gracias a Dios por todos sus beneficios.

Fuente: San Ambrosio, Tratado sobre la carta a los Filipenses, Liturgia de las Horas.

Mostrar más artículos...

Suscríbase al Blog de ARCADEI